De nuevo, rescato de mi memoria al sabio Fito, su espetosa nariz y su maltrecho corazón para dar título a este, mi post blogiano. “No tengo nada que decir, no tengo nada que decir, no tengo nada que decir… Todo lo que tengo que decir, es que no tengo nada que decir”. Una frase al más puro estilo de Jack Nicholson en el Resplandor, cuando el espectador descubre que ese supuesto libro, no era más que un taco mil folios emborronados con la misma frase: “No por mucho madrugar amanece más temprano”. Una escena, que dicho sea de paso, se grabó en todos los idiomas para que el público pudiera leerla más directamente sin necesidad de subtítulos, logrando así un impacto mayor que el que ya tiene por sí misma la secuencia.
Pero el caso que nos ocupa aquí no es que vaya a presumir de mis limitados, aunque interesantes conocimientos sobre cine, sino que como iba diciendo, hoy no tengo mucho que decir. Y sospecho, con resignación, que se debe a que tengo ganas de decir demasiadas cosas. Por eso, lo dicho –valga la redundancia–, estoy más guapa callada.
Digo!

