Dios pío, Dios pío… Me estoy haciendo mayor. Cada día lo noto más, en el autobús, cuando veo una peli, cuando me voy a dormir… Buf, ya pienso en cosas de mayores. El primer síntoma inequívoco de que esto está sucediendo es que pienso, muy amenudo, ¡en la educación de mis hijos! Dios píoooooooooooooo…
Voy por la calle y veo a un bichito de esos que acaba de nacer y se me cae la baba. Antes no me gustaban, Dios pío. Y entonces empiezo a pensar… “¿Engordaré mucho en el embarazo? ¿Estaré más guapa o más fea? ¿Pariré como mi madre, sin epidural? ¿O elegiré el parto en el agua? Y cuando lo tenga… ¿Lo vestiré moderno o clásico? Porque, claro, -pienso- para nada le voy a cortar el pelo como esos hijos que parecen de Euskal Herritarrok con coletillas y todo… ¿Y cómo le llamaré?…”
Pero eso no es lo peor. Lo peor es cuando me monto en el bus y me encuentro con ese grupo de chicas-chico, esas nada femeninas de 16 años, y entonces pienso… “Buf, pues mi hija no pensará vestir así, y con esos percings –¡¡¡Dios pío, pero si yo misma llevo uno, legado de aquellos años y cinco agujeros en las orejas!!!–, y esas pintas, y ese vocabulario…”, joder, parezco mi madre.
Luego los veo a ellos. “Buff, mira qué pelos me llevan, con esas mechas rubias horribles, o esas rastas o esos pendientes de oro y esos anillos tipo gipsy king”. Y claro, pienso, “pues que mi hija no me venga con uno de esos a casa, que seguro que la deja embarazada…”
Joder, ¡¿qué me está pasando, Dios píoooo?! Por no contar cuando llego a casa y nada más abrir la puerta, veo luz. Y claro, en lugar de ser mi querido hombre que ha preparado la cena, ha puesto la mesa y me está esperando tipo hombre Lacoste en el sofá, no. Son mis compañeras de piso, con la música a tope, la encimera tomada de sus ensaladas, la nevera a rebentar de comida podrida, el congelador lleno de escarcha y el salón lleno de humo, con Operación Triunfo a todo volumen y una de ellas bailando a lo Shakira. Dios pío. Antes yo hubiera llegado a casa, hubiera tirado el bolso y me hubiera a arrancado a bailar ‘Oh baby, when you talk like thaaaaatttt’. Pero no, ahora me molesta todo eso.
Me gustaría llegar, encender unas velas mientras mi hombre-lacoste me prepara la cena, darme un baño escuchando chill out –con la casa en silencio–, salir desnuda a mi habitación sin miedo a que me vea el novio de nosequién, cenar viendo la 2, tirarme a mi hombre-lacoste en el sofá sin estar pendiente de si aparece nosequién al baño e irme a dormir chillando si me apetece. Por ejemplo. El hombre-lacoste puede venir en el lote o no, si no, una misma se apaña.
Me estoy haciendo mayor, porque quiero una casa, –no demasiado grande, no hace falta– para mí misma o para mí y quien sea, planear eso de los peques y hacerlo realidad. Dios píoooooo, ya no soy una quinceañera. Ni una veinteañera. Voy camino de los 25. Joder, pero si hace nada tenía 18.